Chilenos, así es como la nueva reforma constitucional de seguridad apunta al narcotráfico y al crimen organizado
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La Moneda, Santiago, corresponsal de MMN: Algo importante acaba de ocurrir en el panorama de seguridad de Chile. El presidente José Antonio Kast firmó el lunes una propuesta de reforma constitucional que podría alterar permanentemente la forma en que el país combate el narcotráfico, el crimen organizado y el terrorismo.
Esto no es solo otro proyecto de ley. Es parte de la Agenda contra el Crimen Organizado y el Terrorismo, más conocida como ACOT. Si se aprueba, la seguridad pública se convertiría en un deber constitucional del Estado. Eso significa que cada gobierno futuro, sin importar su ideología, tendría que tratar la seguridad como una prioridad máxima. La propuesta también crea un nuevo estado de excepción diseñado específicamente para emergencias de seguridad, separado de los utilizados para desastres naturales o disturbios internos.
¿Qué puede hacer este nuevo estado de excepción? En términos simples, permite que las fuerzas armadas apoyen a la policía en áreas con altas tasas de criminalidad. También deja espacio para toques de queda y restricciones temporales de ciertos derechos. Estos poderes tienen límites claros. El Congreso tendría que aprobarlos cada 30 días, y la supervisión judicial sigue vigente. El objetivo es dar a las autoridades velocidad y flexibilidad sin salirse de las salvaguardas democráticas.
Otra parte de la reforma apunta directamente a los grupos criminales. Un registro nacional de organizaciones criminales ayudaría a las autoridades a rastrear pandillas estructuradas y a sus miembros. La propuesta también abre la puerta a regímenes penitenciarios diferenciados. En la práctica, esto significa que los líderes del crimen podrían enfrentar condiciones de detención más estrictas que los reclusos comunes, lo que dificultaría dirigir operaciones criminales desde la cárcel. Y en cuanto a los activos, el Estado ganaría poderes más amplios para incautar propiedades, vehículos y tenencias financieras, incluso si están ocultos a través de empresas fachada o terceros.
El presidente Kast dejó clara la urgencia de este momento durante la ceremonia de firma. "Esta reforma no pertenece a un gobierno. Pertenece a todos nosotros. Chile es de todos nosotros, y por eso invito al Parlamento, desde la firma de este proyecto de reforma constitucional, a discutir con una visión amplia y poner a los chilenos primero, poner la seguridad primero porque es una urgencia total para nuestra nación".
También reconoció el trabajo de Carabineros, la Policía de Investigaciones, Gendarmería y las Fuerzas Armadas. Estadísticas recientes muestran una caída medible en homicidios y secuestros, junto con mayores incautaciones de drogas y un mejor control fronterizo. Esos avances son alentadores, y el presidente argumenta que el siguiente paso es la fortaleza institucional. La reforma constitucional, dice, es la capa que falta para que el progreso sea duradero.
El senador Arturo Squella, presidente del Partido Republicano, calificó la reforma como un punto de inflexión. "Esta reforma marcará un antes y un después en cómo el Estado protege a su gente y persigue directamente el crimen organizado, el narcotráfico y la delincuencia desenfrenada". También instó al Congreso a moverse rápido, diciendo que la reforma constitucional es esencial para elevar la seguridad pública al nivel que los chilenos esperan.
¿De dónde salió esta reforma? Se basa en años de discusión parlamentaria. Chile ha visto un aumento en la violencia criminal, especialmente en las regiones del norte que sirven como corredores del narcotráfico. La tasa de homicidios subió casi un 30% entre 2019 y 2023, y casos de alto perfil de secuestro y extorsión han elevado la preocupación pública. La agenda ACOT ya ha desplegado fuerzas militares en zonas fronterizas y ha creado unidades policiales especializadas. Esta reforma constitucional es el fundamento legal que permite que esos esfuerzos vayan más lejos.
Siempre que un Estado gana nuevos poderes, surgen preguntas sobre las libertades civiles. Algunas organizaciones de derechos humanos y expertos legales se preguntan cómo se usarán estas herramientas. La respuesta del gobierno es que el diseño incluye estrictos controles y equilibrios. El nuevo estado de excepción requiere aprobación periódica del Congreso. El registro criminal sería gestionado por el poder judicial, no por el ejecutivo. Las incautaciones de activos pasarían por revisión judicial. Los regímenes penitenciarios diferenciados se aplicarían solo a personas condenadas en casos de crimen organizado.
Chile no está solo en la búsqueda de herramientas de seguridad más fuertes. Países como El Salvador, Ecuador y México han experimentado con sus propios enfoques. Chile está trazando su propio camino, uno que busca firmeza y legalidad al mismo tiempo. La esperanza es proteger a los ciudadanos y también preservar los valores democráticos que definen al país.
A medida que la reforma entra al Congreso, la conversación política se intensificará. El gobierno no tiene mayoría, por lo que el diálogo y la negociación serán esenciales. Kast ha dicho que está abierto a enmiendas, pero no a perder el propósito central. Para muchos chilenos, este debate es más que texto legal. Es sobre si el Estado puede satisfacer su demanda de seguridad sin perder su alma.
Los próximos meses lo dirán. Si la reforma se aprueba, Chile entrará en una nueva era de seguridad, construida sobre un compromiso constitucional, una aplicación más inteligente y un mensaje claro de que el crimen organizado no tiene lugar en el país. Hasta entonces, el gobierno continúa con el resto de la agenda ACOT, incluidos más patrullajes, cooperación internacional de inteligencia y participación comunitaria. La reforma constitucional puede ser la pieza central, pero el esfuerzo más amplio ya está en marcha.